Desde tiempos remotos se viene utilizando esta leguminosa en la cultura culinaria, situándose su origen entre la cuenca mediterránea y Asia occidental. Se tiene constancia de que era bien conocido en el antiguo Egipto, Babilonia, Persia y la India, donde hoy día es bien utilizado por la medicina ayurvédica para combatir enfermedades cutáneas.

Fueron los cartagineses quienes lo introdujeron en la Península Ibérica y hoy día es ingrediente fundamental en multitud de guisos y platos tradicionales de nuestra gastronomía.

Es una fuente excepcional de proteína vegetal y contiene todos los aminoácidos esenciales, aunque es deficitaria en metionina. Algo que es sencillo de corregir si se mezcla en los guisos con cereales o granos ricos en este aminoácido, como el arroz, la quinoa o el trigo sarraceno.

Ofrece un alto contenido de fibras solubles e insolubles y lecitinas, lo que nos ayuda a impedir que absorbamos el colesterol y las sales biliares que intervienen en la digestión.

Bastante más fácil de digerir que otras legumbres, ofrece un incide mayor de ácidos grasos poliinsaturados, mayoritariamente Omega-6.

Su aporte de minerales como potasio, calcio y magnesio, junto a la vitamina C y el aminoácido arginina hace que tenga un efecto diurético.

También es una fuente de vitaminas del grupo B (destacando el ácido fólico) y C, que junto al hierro que también nos aporta, lo convierte en un buen alimento para recuperarnos y prevenir anemias.

Además presenta también un buen contenido de otros minerales como yodo, magnesio, sodio, selenio y zinc. Siendo estos dos últimos, junto con el grupo vitamínico B, un buen aliado para la salud de nuestra piel.