Se cree que su cultivo se inició en Oriente Próximo hace unos 10.000 años. Existen referencias históricas que evidencian que desde hace 5.000 años se vienen usando sus fibras para confeccionar ropa y fabricar cuerdas.

En el antiguo Egipto, las momias se envolvían con sábanas de lino que simbolizaban la pureza. Hasta el siglo XVIII en Europa era la fibra más utilizada, junto con la lana, hasta que fue sustituida por el algodón y los materiales sintéticos.

Actualmente la mayor parte de la cosecha mundial se destina a la producción de aceite con fines industriales (barnices y pinturas) y para la alimentación animal.

Comúnmente, las semillas de lino se las conoce como linaza. Nutricionalmente son una fuente excepcional de micronutrientes, siendo ricas en fibra, minerales, vitaminas y ácidos grasos saludables.

Destacable es su contenido en ácidos de grasos, especialmente Omega-3 (75%) y Omega-6 (25%). La grasa omega-3 ayuda a regular y reducir la inflamación, evita que la sangre coagule y la ayuda a que fluya.

Por su parte, el omega-6 desarrolla un papel muy importante en la estructura, protección y regulación de las células. Tiene funciones tan vitales como la formación de hormonas, interviene en el funcionamiento de las neuronas y sus transmisiones químicas, así como favorece una correcta formación de la retina.

Además, su alto contenido en lignanos lo convierte en un alimento anti-tumoral, en especial frente al cáncer de próstata y de mama, ya que regula el exceso hormonal. Por otro lado, también actúa como gran protector frente a enfermedades renales, además de ayudar a combatir el estrés y cansancio mental, debido al cobre que contiene.

Por último destacar su contenido en fibras mucílaginosas las cuales al disolverse en agua forman una especie de gel cuya principal virtud es conseguir atrapar el colesterol, evitando que éste pase por el torrente sanguíneo. Esta capacidad soluble destaca también por ayudar a regular el tránsito intestinal.