Este pequeño grano de cereal no es una sola especie vegetal (como la mayoría de otros cereales), sino que existen alrededor de 500 especies de semillas, aunque son sólo unas pocas las que se cultivan.

Comenzó a cultivarse en el norte de China hace unos 10.000 años, siendo de los primeros cereales cultivados por las tribus nómadas. Debido a que requiere poca agua y presenta gran resistencia a la sequía, lo que lo hace muy sencillo de cultivar, es probable que ayudase a asentar la agricultura organizada en la Eurasia del Neolítico.

El mijo no debe consumirse nunca crudo ya que puede resultar tóxico. Para prepararlo hay que lavarlo y cocerlo en abundante agua. Su uso culinario es similar al arroz, pudiendo usarlo de guarnición en un plato o ser el ingrediente principal del guiso.

Ofrece una alta cantidad hidratos de carbono complejos de absorción lenta, y es destacable su contenido en fibra soluble e insoluble. Es un cereal más rico en proteínas que el arroz, aunque presenta déficit en lisia (algo solventable si se combina con legumbres).

Su índice de grasa es bajo, y está repartido entre ácidos grasos mono y poliinsaturados, predominando los omega-6. Pero su contenido de vitaminas B1, B2 y B9 triplica a todos los cereales.

Es uno de los cereales más destacado por su contenido de potasio, magnesio y hierro, por lo que es muy recomendado para personas con debilidad física o psíquica.

El mijo, al no contener purinas, es un cereal idóneo para aquellas personas que sufren de gota y deben controlar sus niveles de ácido úrico. También es el único cereal con capacidad de alcalinizar nuestro organismo.