La flor del girasol era considerada una planta sagrada en las culturas azteca e inca, pues representaba al Dios Sol. Los vestigios más antiguos la ubican hacia en 3.000 a.C. en la zona de Arizona y Nuevo México.

Al igual que otras muchas plantas llegó al viejo continente tras el descubrimiento del Nuevo Mundo. Su cultivo se extendió por Europa, cultivándose durante más de dos siglos meramente por su valor ornamental. Según datos históricos fue la Rusia del Zar Pedro “El Grande” la que concentraba el mayor grueso del cultivo de esta planta, y quienes comenzaron a obtener el aceite de sus semillas. Por aquella época, la iglesia ortodoxa tenía prohibido el consumo de ciertos aceites durante la cuaresma, pero el aceite de girasol no estaba incluido como alimento prohibido, lo que le llevó a extender su popularidad e iniciar su producción industrial y explotación comercial.

De su composición grasa destaca su contenido en Omega 3, pero sobre todo la alta concentración de lecitina y ácido gamma-linolénico u Omega 6, este último precursor de las llamadas prostaglandinas. Una sustancia con propiedades antiinflamatorias, y que además en la actividad de los neurotransmisores relacionados con la calma y la relajación, así como también regula los efectos de las hormonas durante el ciclo menstrual.

Por su parte, la lecitina es un componente que ayuda a descomponer las grasas, evitando su acumulación en el organismo, principalmente en hígado y arterias. De igual modo es también fuente de colina (nutriente esencial de la vitamina B) precursora de la acetilcolina, un neurotransmisor que está involucrado en muchas funciones, entre las que se incluyen la memoria y el control del músculo. La colina es de las pocas sustancias que pueden atravesar la barrera hematoencefálica del cerebro, lo que les confiere una gran capacidad para afectar al sistema nervioso y las funciones cerebrales.

Estas grasas son sensibles a la temperatura, por lo que comer las pipas de girasol crudas o ligeramente tostadas son la mejor forma para aprovechar sus propiedades beneficiosas.

Las semillas de girasol también son ricas en proteínas y aminoácidos, entre los que destaca el triptófano. Un aminoácido que estimula a la glándula pineal, segregadora de la hormona melatonina, neurotransmisor que tiene diversas funciones en el cuerpo, especialmente en la regulación del ciclo sueño-vigilia

Además de potasio y fósforo, destaca su aporte de hierro y magnesio. Uno o dos puñados de pipas suponen el aporte diario recomendado de este mineral necesario para la relajación muscular y el desarrollo óseo. Para una correcta asimilación del hierro que nos ofrece, conviene consumirlas junto con alimentos ricos en vitamina C, como cítricos.

De las vitaminas, cabe señalar su riqueza en ácido fólico o vitamina B9, presente en mayor cantidad en comparación con otros frutos secos. Así como también destaca su contenido de vitamina E; potente antioxidantes que ayuda a contrarrestar los efectos nocivos de los radicales libres, disminuyendo el riesgo de desarrollar enfermedades degenerativas, cardiovasculares y cáncer.