Es erróneamente considerado un cereal pues no pertenece a la familia de las gramíneas, concretamente se trata de un tipo de poligonácea.

Aunque hay constancia que ya desde el Neolítico crecía naturalmente en Europa, vino desde Asía Central traído por los árabes. De ahí sus dos nombres por los que tradicionalmente se le conoce, alforfón o trigo sarraceno.

Es nutricionalmente una excelente fuente proteína de alta calidad ya que contiene todos los aminoácidos esenciales, sin presentar déficit de lisina o metionina como ocurre en el caso de otros cereales y legumbres.

Presenta una altísima cantidad de fibras (predominan las solubles), superando al arroz integral y las legumbres. Destaca su contenido en rutina (también llamada rutósido), un flavonoide de efectos vasoprotectores que mejora el estado de los capilares sanguíneos, aumentando su resistencia y reduciendo su permeabilidad. Además, también tiene propiedades antiinflamatorias y antioxidantes protegiendo a los tejidos de la degeneración y degradación del colágeno por acción de los radicales libres.

Supera a los cereales en contenido de magnesio, así como también presenta contenidos representativos de fósforo, potasio, selenio, hierro, cobre y zinc.

El aporte de vitaminas del grupo B es importante, entre las que podemos mencionar la B1, B2, B3, B5, B6 y B9. También contiene algo de vitamina E.